domingo, 11 de noviembre de 2012

CLICKS DE FAMOBIL

Con todo mi amor, mi respeto y mi cariño y el de mi familia, dedicado a Willy, Lidia, Sandra y Laura.

Hace algún tiempo conocí a alguien a quién le gustaba jugar con los Clicks de Famobil. Era un gran aficionado. Había construido en la parte trasera de su jardín un pequeño reino lleno de castillos, caballos, caballeros, animales, casas y granjas...¡Hasta tenía un molino!. Le faltaban zonas de juego, es cierto, no poseía ningún campo de torneo, pero aún así era encantador. Era un gran feudo, ¡su feudo!. Cada día se sentaba a contemplar su obra, movía una o dos casas de la aldea y algún que otro click. A veces hasta le daba por mover los castillos, todo orgulloso, mientras se fumaba un purito.

Un día quiso hacer su feudo más grande. Cogió su flamante coche y se fue a la tienda de siempre. Cuando el dependiente le dijo que ya no le quedaban más caballeros se quedó de piedra. ¿Porqué a él?, y ahora, ¿Que haría?. Quería a toda costa engrandecer su pequeño reino. El dependiente, viendo la desesperación del hombre le ofreció una solución. Tenía una caja de Vikingos y otra de Romanos. No era lo mismo, pero en el fondo, si lo era. Todos eran guerreros, todos tenían la misma base, las mismas manitas en forma de tenazas... poco a poco el dependiente le fue dando argumentos para que se los quedara y al final le convenció. El hombre se fue todo contento a su casa, salió al jardín y se situó delante de su mini reino. Fue entonces cuando abrió las cajas, montó los clicks que había dentro y les asignó un lugar en su ya no tan pequeño imperio. Fueron pasando los días y también los meses, y cada vez que el hombre contemplaba el gran escaparate que había creado algo le molestaba. No sabía muy bien que era, así que movía de un lado a otro todos los clicks, sus casas, sus animales... A algunos los quitaba y los guardaba en una caja, a otros los aislaba y a otros simplemente los dejaba como estaban, eran los privilegiados, los que jamás tocaba, los que más le gustaban. Pero con el resto algo pasaba, algo no le cuadraba.

Una noche, desesperado, encontró una razón que darle a su desazón. Aquellos clicks, los últimos que compró, no eran caballeros, eran Vikingos y Romanos y por lo tanto desentonaban con el resto. Era extraño. En realidad todos eran iguales. A todos les podías cambiar el pelo, cambiarles las carcasas y hasta los pantalones y los brazos. Pensó que quizás esa era la solución, no quería reducir su feudo y tampoco reconocer delante del dependiente que era incapaz de integrar aquellos personajes con el resto, así que decidió mezclar las piezas de unos y de otros y así crear un mundo dónde todos fueran iguales. ¡Qué utopía!. El hombre, una vez hizo todos los cambios que se le ocurrieron y pensando que todo ya era homogéneo quiso dar un gran fiesta para mostrar al mundo su creación. Visto a los ojos de sus invitados, a aquel reino le había dado un aire más moderno y progresista, a todos les gustaba el cambio y los muñecos parecían sonreírle a todo aquel que les miraba.

Aún así, el problema seguía ahí. El hombre se había desquiciado tanto que el prejuicio ya se había instalado a vivir con todas sus cosas en su cabeza. Aquellos clicks estaban totalmente adaptados a su entorno pero él los seguía viendo como muñecos diferentes. Al final no pudo más y su enfermedad le nubló la visión, y como dicen los catalanes, "el enteniment" (el entendimiento), y los quitó de en medio. Volvió a dejar todo tal y cómo estaba en un principio (menos algún que otro click que había guardado en una caja en algún que otro movimiento), y tiró a la basura su última adquisición.

Y he aquí que con el paso del tiempo no logró sosegarse. Aquellos clicks no estaban, pero habían llegado otros, y otros se habían ido a vivir a la caja del retiro, incluso cambió los caballeros por las tropas francesas de Napoleón Bonaparte y tiró los castillos para montar su particular Versailles. Y nada le tranquilizó. Y es que, señores míos, el verdadero problema estaba anclado en su interior oxidándole el alma. El egoísmo, la prepotencia y la gula de poder lo alimentaron y nunca jamás fue feliz jugando con sus juguetes preferidos porque su finalidad dejó de ser el divertirse con ellos.

Y si queréis que os diga la verdad, nunca aquellos clicks, los que quedaron, volvieron a ser los mismos, por que en todos había quedado alguna pieza de sus antiguos compañeros y ahora formaban parte de su ser.

Y os quiero decir algo... Esos clicks eran fantásticos, daban todo sin esperar nada a cambio, ¿que alguien había perdido el pelo? no había problema, echaban mano de sus recambios, y si no tenían más, lo compartían, un día calvo yo y un día calvo tú... son queridos, muy muy queridos... son un familia educada, con unas hijas maravillosas, unas personas tiernas, honestas... unas personas que jamás hubiera pensado se merecieran tal desmerecimiento, no, no señor... y yo les quiero, y mis hijos les quieren, y mi marido les quiere...

Yo no quiero ser un click joder! me pido ser de los pitufos... ¿y tu?.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada